Economía
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ANÁLISIS
Los matices entre Lavagna y Miceli
Si bien la política económica de fondo no ha cambiado, existen sugerentes diferencias entre el ex ministro y la actual titular de Economía. Estilos que destacan visiones parecidas pero no iguales, áreas de influencia de escala divergente y prioridades distintas. En qué coinciden y qué los distancia.
La política económica actual se parece mucho
a la que dejó Roberto Lavagna, aunque no es un calco. "Con
los mismos ingredientes uno puede hacer comidas diferentes",
piensa el ex ministro de Economía mientras lee, estudia y
atiende gente en su oficina personal distante unos pocos metros
del Obelisco. La diferencia no es radical. No se trata de un abismo,
ni de una modificación del paradigma económico. Las
bases son las mismas, pero hay sugerentes cambios de énfasis,
matices y hasta desvíos que conviene analizar.
Primero, hay ahora un Ministerio de Economía más dedicado
a los temas microeconómicos, especialmente a aquellos relacionados
con la inflación. Miceli dedica una buena parte del tiempo
a los acuerdos de precios, punta de lanza de la estrategia oficial
contra la suba de precios. Cuesta imaginar a Lavagna discutiendo
con los gerentes (no siempre con los dueños de las empresas)
el precio de la leche descremada, el champú o las galletitas.
Hay quienes piensan que es un malgasto de tiempo tener a la ministra
y al Presidente dedicados a los detalles de los acuerdos de precios.
Pero hay por lo menos tres razones que lo justifican: la primera
es la preocupación real del gobierno por la inflación,
a la que ve como la única amenaza real que enfrenta; segundo,
resulta obvio que esto cae bien en la población (así
lo indican las encuestas); en tercer lugar, los acuerdos de precio
han revelado ser efectivos en desacelerar algunos precios en el
corto plazo.
La contrapartida de esta dedicación de Miceli a los acuerdos
de precio es un esquema de poder en el que el Ministerio de Economía
se retira de la discusión de ciertos temas. Un poco por el
estilo K, otro poco por la coyuntura y otro poco por el propio perfil
de Miceli, ahora Economía tiene menos injerencia que antes
en algunos debates y proyectos. No tiene —como ocurría
antes— capacidad de impulsar ciertos temas y de frenar otros.
Lavagna solía exceder los límites del Ministerio que
conducía y esto le granjeaba enemistades con algunos de sus
colegas de gabinete. Peor, él lo hacía consciente
de sus riesgos: así, por ejemplo, tuvo injerencia en el diseño
de los cambios en los planes sociales y en la redacción de
la nueva Ley de Riesgos de Trabajo. Pero esto no parece ser así
ahora: de hecho, el Ministerio de Trabajo diseñó en
soledad el proyecto de modificaciones para el sistema de ART, que
será bastante diferente del que impulsaba Lavagna.
En la discusión con los gremios por los salarios y el mínimo
no imponible de Ganancias, aparecieron los ministros Julio de Vido
y Carlos Tomada. La foto de ambos con Hugo Moyano —más
allá de que la convocatoria surge por el problema petrolero
en el sur— generó cierto ruido en Economía.
Hubo desconcierto esta semana en el Palacio de la calle Hipólito
Irigoyen porque desde el gobierno salieron a dar por descontado
que se aumentará el mínimo no imponible de Ganancias.
Felisa había minimizado el tema al afirmar que "afecta
a sólo un 20 % de los trabajadores en blanco" y que
era un tema para estudiar. El Presidente le reclamó sugerencias
y será el quien decida cómo y cuándo elevarlo.
DESVÍOS. Hasta ahora, la agenda económica
de Felisa se parece mucho a la de Lavagna, aunque no por falta de
convicciones de ella sino porque existen coincidencias de fondo
entre ambos. Miceli quizás les ha dado más importancia
al análisis de las cadenas de valor y a la lucha contra la
concentración de mercados. Lavagna venía subestimado
el problema inflacionario, mientras que Miceli —impulsada
por el Presidente— se dedicó de lleno a él con
la firma de los acuerdos de precios.
La política económica en relación con la lucha
contra la inflación muestra algunos de los matices entre
Lavagna y Miceli. Los dos están de acuerdo en mantener el
dólar alto, pero entre ambos hay casi 10 centavos de diferencia.
Con Miceli, el tipo de cambio pasó de 3 pesos a casi 3,10,
por el efecto de las compras del Banco Central para recuperar reservas.
Lavagna no hubiera indexado el dólar, justo cuando se trata
de frenar la indexación de la economía.
La política fiscal, por su parte, sigue teniendo como eje
el ahorro público elevado, pero hoy cuenta con menos margen
que antes. Lavagna anunció el fondo anticíclico y
Miceli lo confirmó, pero ahora aparecen algunos nuevos egresos
que se pagarán con ese fondo. Por ejemplo, los aproximadamente
$ 500 millones del aumento del mínimo no imponible de Ganancias.
Lo mismo cabría preguntarse sobre los mayores recursos que
demandará la reforma de los planes sociales. No es poco dinero:
calculan hasta $ 1.000 millones anuales o incluso más.
Hay temas menos conocidos pero que también generan matices
fiscales: es el caso de la prórroga de promociones industriales
provinciales que Lavagna estaba frenando por haber estado mal otorgadas.
Así, sin existir un cambio abrupto en lo fiscal, aparece
una incertidumbre que no estaba en los planes hace algunos meses.
En la política de ingresos, por último, se supone
que Miceli es más flexible que Lavagna, quien venía
alertando sobre los riesgos de tener pedidos de aumento de salarios
desmedidos. En esto radica otro matiz que puede hacer a la comida
diferente aun con los mismos ingredientes. Además, el margen
para lidiar políticamente con Moyano se imagina menor en
Miceli que en Lavagna, quien en la interna del gobierno fue un firme
opositor a los métodos de petición empleados por el
líder cegetista.
La Casa Rosada necesita a Moyano para garantizarse un interlocutor
válido en el sindicalismo y para evitar la anarquía
en el reclamo gremial y salarial. En muchos temas lo ha beneficiado
(obras sociales, ART) y a cambio le pide que opere con moderación
cuando se desarrollen las negociaciones colectivas. Pero lo que
no ha podido (¿o querido?) el gobierno es limitarlo en su
método de reclamo desde el poderoso sindicato de camioneros.
Un método que no es precisamente el más atinado para
facilitar las inversiones.
El Presidente cree que puede lidiar bien con Moyano, entre concesiones
y pedidos. De hecho, viene de reclamarle cautela para no poner en
riesgo los acuerdos de precios por el lado de los costos. Pero es
evidente que sin Lavagna en Economía se acrecienta el rol
de Kirchner a la hora de ponerle límites al jefe sindical.
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